Muchas mujeres sienten que, tras dar a luz, su identidad se tambalea. No es solo cansancio, es una transformación profunda. Susana Carmona, directora del grupo de investigación NeuroMaternal en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, nos explica que esto tiene una base biológica fascinante: el embarazo y el posparto son periodos en los que el cerebro es extremadamente plástico.
Entender qué ocurre dentro de nuestra cabeza es vital para no juzgarnos. Como bien saben en Malasmadres con Laura Baena, la maternidad a menudo viene acompañada de sentimientos confusos y ambivalencia, pero la ciencia nos dice que nuestro cerebro se está adaptando para una nueva misión: conectar.
¿Qué es la matrescencia? El proceso por el que pasa una mujer al convertirse en madre
A menudo buscamos explicaciones psicológicas a lo que sentimos, pero la respuesta puede estar en la matrescencia. Susana Carmona recupera este término acuñado por la antropóloga Dana Raphael en los años 70 para describir el proceso de convertirse en madre.
Para entender la magnitud de este cambio, Susana utiliza una analogía muy potente: la matrescencia es una mezcla entre maternidad y adolescencia. Al igual que explicamos con Patri Psicóloga sobre los cambios adolescentes, ambas etapas son ventanas críticas del neurodesarrollo.
«Es una especie de mezcla entre maternidad y adolescencia… Un poco el borrar el ‘yo’ anterior para encontrar uno nuevo. Esta desorientación o el perderse para reencontrarse y redefinirse», explica Susana.
¿Quién es Susana Carmona?
Para hablar de cambios cerebrales hace falta autoridad científica. La doctora Susana Carmona no solo habla desde la teoría, sino desde la evidencia y la experiencia personal.
«Soy mamá de una niña de 10 años que se llama Alexandra y, a nivel laboral, dirijo un grupo de investigación que se llama NeuroMaternal«.
Su trabajo ha revelado que el cerebro de la madre se modifica en respuesta a variables hormonales, demostrando que la gestación deja una huella neurobiológica medible y profunda.
El mito de la pérdida de memoria y la «Red por defecto»
Una de las grandes preocupaciones es la sensación de que nuestra mente ya no funciona igual. Susana Carmona explica que los cambios más marcados se producen en una red cerebral específica: la «Red por defecto».
Esta red es la encargada de esa voz interna que nos define quiénes somos (nuestro «yo») y que nos ayuda a empatizar con los demás. Durante la gestación, estas regiones cambian para incluir al bebé en nuestra propia identidad.
«El vínculo madre-bebé es que son un ser durante mucho tiempo… Siguen durante un periodo muy largo tremendamente unidos», señala Susana.
Si quieres profundizar en cómo nuestro cuerpo y mente dialogan, te recomendamos leer a Nazareth Castellanos sobre neurociencia.
Teoría de la mente: la sincronización o este primer vínculo con el cuidador principal
Más allá de la estructura cerebral, Susana destaca el fenómeno de la sincronización. Citando a la investigadora Ruth Feldman, explica cómo la interacción madre-bebé va mucho más allá de lo visible.
Cuando la madre interactúa con el bebé se sincronizan las ondas cerebrales, se sincroniza el latido cardíaco e incluso la respuesta de determinadas hormonas como la oxitocina o el cortisol. Podemos decir que se contagian y fluyen al unísono.
Esta conexión biológica sirve para alertarnos cuando hay errores o desconexión, permitiéndonos reaccionar rápido para volver a conectar.
Pero entonces, ¿existe el instinto maternal?
Es una de las preguntas más controvertidas. Susana Carmona matiza este concepto: el instinto no es «descargarse un software» y saber mágicamente por qué llora el bebé. Esas cuestiones prácticas se aprenden culturalmente.
«Para otras personas, y aquí me incluyo yo, ese instinto es el impulso, ese deseo, esa motivación por estar en contacto con el bebé y por hacer lo que sea para optimizar su supervivencia», aclara Susana.
La neurociencia confirma que las hormonas facilitan este impulso, pero la forma de maternar (si en España, Noruega o EE.UU.) depende del contexto social.
El poder del vínculo: solo podemos existir «conectados»
Más allá de la biología, Susana Carmona nos recuerda una verdad fundamental: «Los seres humanos solo podemos existir conectados». Los bebés nacen con la necesidad absoluta de un adulto que regule sus funciones básicas, pero la neurociencia es clara al desmitificar quién debe ser ese adulto.
«No hace falta una imagen cerebral para decir que las mamás adoptivas, los papás, los abuelos, son magníficos cuidadores. Es decir, no necesitamos una imagen cerebral que nos valide que esto es verdad.»
Este primer vínculo es vital porque ocurre cuando el cerebro es más plástico. En esos primeros años aprendemos «lo invisible»: cómo gestionar el estrés o qué esperar de los demás. Susana explica que esta primera conexión «marca cómo la persona se va a relacionar en la vida adulta, pero no lo determina».
Sin embargo, para evitar la ansiedad y la culpa que a menudo recae sobre las madres, Susana pone el foco en el contexto social. La calidad del vínculo no depende solo de la madre, sino de su entorno: la duración de la baja maternal, el apoyo de la pareja o incluso el urbanismo de las ciudades.
«Es importante que no solo veamos «díada mamá» y responsabilicemos a esa mamá por cómo esa persona se vincula, sino que como familia y como sociedad protejamos este momento. Y lo podemos hacer de diferentes formas, incluso a nivel urbanístico.»
La importancia del apoyo social
Susana Carmona alerta sobre un peligro invisible pero devastador: el aislamiento social. La evidencia científica confirma que la falta de apoyo social es un factor de riesgo para la salud física y mental tan grave como «fumar, la hipertensión o la obesidad».
Esta soledad se agudiza en la maternidad, una etapa donde el 66% de las mujeres afirma sentirse sola. Susana es crítica con cómo la sociedad intenta llenar ese vacío con consumo en lugar de con conexión:
«Se nos hace creer a las mamás que necesitamos un carrito 4×4 o el chupete ergonómico. Y en realidad lo que necesitamos es estar rodeadas de otras mamás que nos permitan hablar sin ser juzgadas y sentirnos acompañadas».
La crianza humana es un proceso largo y complejo que no está diseñado para hacerse en solitario. Recuperando el famoso proverbio africano, Susana añade un matiz fundamental: «Se necesita una tribu para criar a un bebé y para sostener a la mamá que la cría».
Descubre más sobre Susana Carmona y la maternidad
¿Cuánto tiempo duran los cambios en el cerebro de la madre?
Los estudios dirigidos por Susana Carmona han demostrado que la «huella» que deja el embarazo en el cerebro no es efímera. La reducción del volumen de sustancia gris se mantiene, al menos, dos años después del parto.
Esto sugiere que no estamos ante un cambio temporal para superar el embarazo, sino ante una maduración cerebral definitiva. Al igual que la adolescencia cambia el cerebro para siempre, la matrescencia deja una marca duradera que reconfigura nuestra identidad y nuestras habilidades sociales para la crianza.
Por qué siento que pierdo memoria en el embarazo? («Mom Brain»)
Muchas mujeres se asustan al sentir despistes o neblina mental, pero Susana Carmona aclara que el cerebro no está perdiendo capacidades, sino optimizándolas. Este fenómeno se debe a la «poda sináptica»: el cerebro elimina conexiones neuronales que considera menos urgentes para potenciar y hacer más eficientes aquellas áreas encargadas de la empatía y la conexión con el bebé.
Es una cuestión de ahorro de energía y especialización. Tu cerebro está redirigiendo todos sus recursos a la «Red por defecto» (la que procesa el «yo» y lo social) para que puedas entender y atender a tu hijo, dejando en segundo plano datos cotidianos menos relevantes.
¿Cambia también el cerebro de los padres o parejas no gestantes?
Sí, rotundamente. Aunque en la madre gestante el cambio viene disparado por una «tormenta hormonal» interna, la neurociencia ha observado que el cerebro de los padres, madres adoptivas o parejas también se transforma, pero por otra vía: la interacción. La biología no es el único destino. Susana explica que «el cerebro del padre cambia cuidando». Cuanto más tiempo pasa la pareja involucrada en el cuidado activo (bañar, alimentar, consolar), más se activan y refuerzan las redes cerebrales de la empatía y la atención. El vínculo y la práctica diaria moldean el cerebro para la crianza tanto como las hormonas.